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HISTORIAS CORTAS

El jardín de Alberto, de Susana Sierra

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El jardín de Alberto, de Susana Sierra

Las oportunidades en la vida no son muchas, además, a veces vienen a destiempo, otras veces no nos damos cuenta de que están ahí y otras, las más, las dejamos escapar pensando que más adelante volverán a presentarse. Eso no suele suceder, y cuando ocurre, es una excepción. Y él había sido tan tonto que cuando volvió a tener que tomar la misma decisión, la segunda vez, decidió lo mismo.

Mientras pasea por el jardín de la residencia de mayores donde vive desde hace tres años, sus pensamientos se dividen entre las oportunidades perdidas y la belleza imparable de la primavera que avanza ya sin freno. Las mañanas son frías todavía y el aire cortante de la sierra le obliga a arroparse con una gruesa chaqueta de lana, pero las noches benignas empujan la savia hacia los brotes de las hojas nuevas y provoca que se asomen las flores tempranas de los cerezos que se entremezclan con las acacias y plataneras que parecen querer mostrar una sombra de verde en sus ramas.

Se sienta en el banco y contempla los rosales y los setos, algo descuidados. El riego tampoco es muy eficaz, a pesar de tener aspersores, parece que nadie se ha preocupado mucho de orientarlos bien o de que no estén obstruidos, por lo que ahora que están funcionando puede ver que unos cuantos en vez de regar los parterres riegan el camino y que otros, en vez de soltar una fina lluvia dirigida, suenan como estornudos disparando hacia todas partes.

Alberto sonríe. Hasta ayer, le hubiera puesto de mal humor ver que el hermoso jardín no estaba como recién salido de una postal. Pero, a sus años, el día anterior había aprendido una lección. Le pesaba, eso sí, no haberla aprendido antes, sentía que su manera de enfrentarse a lo que le rodeaba, a la gente, le había privado de haber sido más feliz, que había vivido setenta años equivocado.

La residencia cuenta con un amplio programa de actividades. Con su carácter recto y poco dado a improvisar, había rechazado todas las propuestas que le habían hecho, daba igual del tipo que fueran: hacer gimnasia a su edad, "para qué"; baile, "menuda tontería", estaba mayor para hacer el ridículo que de joven no hizo; yoga, "me pone de los nervios"; ejercicios de memoria, "me acuerdo de lo que me hace falta"... La buena voluntad del educador social empezaba a flaquear. Pero ayer se puso muy pesado y consiguió arrancar un «lo probaré, pero solo un día».

El club de lectura se reunía todos los martes en cómodos sillones en una sala luminosa con una galería que daba al jardín. A las seis de la tarde, todavía de día, se arrellanaron cada uno en su sitio, seis mujeres y dos hombres. Al momento entró Elena, la persona que dirigía el club. Él no lo sabía, creía que Elena era la señora con la que coincidía a veces en el comedor, con la que se cruzaba paseando… una más de las que para él no eran más que personas de su edad a las que solo le unía que convivían en el mismo espacio, sin ningún interés. Su sorpresa aumentó cuando se dirigió a él por su nombre.

—Bienvenido, Alberto. Me alegra que venga otro hombre, siempre estamos en mayoría las mujeres y así se equilibra un poco el grupo. —La voz era dulce, la simpatía se escapaba a través de la sonrisa y los ojos…, Alberto se estremeció, era la tercera vez en su vida que su mirada se encontraba con unos ojos como esos.

Alberto, sentado en el banco, recuerda a su esposa, la primera con esa mirada que le dejó perplejo y desarmado. Luego en su cabeza resuena el portazo que ella dio mientras agarraba con fuerza en la mano izquierda la maleta mientras sostenía con delicadeza en el brazo derecho a su hija de meses.

—Tú solo puedes estar casado contigo mismo —dijo.

Años después, fue su hija quien le llamó, «¿por qué no fui yo quien la buscó?», y de nuevo la mirada. Y de nuevo la oportunidad perdida.

—Te quiero papá —dijo tras varios breves encuentros—, pero mamá tenía razón, solo quieres tenerte a ti mismo.

Desde entonces, el único contacto era cuando ella le llamaba por su cumpleaños. «Por qué no la llamo yo en el suyo?».

«Y ahora, donde menos me lo espero, de nuevo alguien me mira como si realmente mereciera la pena mirarme». Alberto sonríe. Quizá ha llegado el momento en el que no importa lo que se tiene, ni lo que se desea tener, en el que el instante es el mejor tesoro con el que se cuenta.

—¿Os habéis leído la novela? Alberto —se dirigió a él—, la dinámica es que entre todos elegimos una novela de la biblioteca, la leemos durante la semana y luego la comentamos. La actividad es muy libre, cada uno dice lo que le parece, nada de lo que se comente es impropio y, como comprobarás, somos bastante apasionados. —Las miradas de complicidad, las risas, las manos arrugadas acariciando La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza.

Al acabar la tertulia, que era en teoría dos horas, pero se prolongó a tres, él sabía que el destino no le iba a dar más oportunidades, que incluso era un milagro que se le presentara esta. Se acercó a Elena.

—Como no he leído el libro, ¿te importa hablarme de él mientras tomamos algo en la cafetería antes de la cena? —La sonrisa de ella le desarmó.

—Me importa. Y me encantará hacerlo. ¿Tú no eres muy lector, no?

—La verdad es que creo que no me he leído más de cinco libros en mi vida.

—Eso lo vamos a arreglar de inmediato —dijo con un susurro a su oído y su voz fue una invitación a un mundo lleno de muchos mundos.

Cenaron juntos. Ella hablaba con pasión de las lecturas que la habían hecho ser como era, y reía y gesticulaba y se recolocaba el precioso pelo blanco que iba rebelde de un lado a otro de la cara con cada movimiento que negaba o asentía con una energía desbordada. Él la contemplaba y se arrepentía de haber sido toda su vida un ser plano, recto, un señor como tiene que ser.

La mirada se le ilumina cuando la ve llegar y se le moja la falda con uno de los aspersores locos que se dispara de repente. Los dos se ríen. Ella lleva en la mano dos ejemplares de La ciudad de los prodigios y los agita en el aire, cómplice, feliz. Él se levanta, la agarra de la mano y dice:

—Estoy deseando empezar a leer, empezar a todo contigo, pero antes debo hacer una cosa, siéntate a mi lado, voy antes a llamar a mi hija, solo para preguntarle como está.

Por Susana Sierra

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