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Hibernatus: despertarse diez años después

Hibernatus: despertarse diez años después

martes 23 de enero de 2018, 19:07h
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Hay un tiempo en mi vida marcado por el cine. Entre los ocho y los doce años las tardes de los domingos eran para ir con mi hermano mayor a una sesión doble que proyectaban en un cine cerca de casa. El rito empezaba por la mañana cuando, después de misa, íbamos a ver qué películas pondrían por la tarde. Examinábamos detalladamente el cartel y las fotos; si "echaban" una de guerra o de romanos estábamos contentos, si era "de amor", chascados; si era un musical, decaídos. No sé exactamente por qué perdíamos el tiempo en ese ritual matutino ya que el "qué echasen" no era relevante. Fuera lo que fuese, por la tarde íbamos al cine.

De ese tiempo se me han quedado algunas películas en la memoria que ahora rebrotan ante determinadas circunstancias.

Hablando con el propietario de una residencia sobre lo mucho que ha cambiado la atención a mayores en residencias en los últimos años me ha venido a la cabeza Hibernatus, una película de 1969 protagonizada por Louis de Funes en la que un explorador que lleva muchos años enterrado en hielo es rescatado y resucitado. La película explota las reacciones de alguien que despierta en un mundo que ha cambiado por completo.

Se me ocurre que alguien podría hacer un remake de Hibernatus y le propongo un argumento más actual y con un toque geroasistencial:

Me imagino a una mujer de mediana edad, empresaria, propietaria de una residencia geriátrica de cien plazas que en 2008 mientras está tranquilamente en su casa sufre un desfallecimiento y cae inconsciente. Una sucesión de imágenes (ambulancia, hospital, médico hablando con marido abatido, mujer en cama, hijos que se hacen mayores, más mujer en cama) nos dan a entender que no ha recuperado la consciencia y que ha pasado diez años en algo parecido a un coma.

Pero, como es una película, la mujer despierta.

Imaginémonos ahora la escena en la que ella, aún desmejorada, está sentada con cara de preocupación en un despacho. En la mesa, un hombre con un Ipad y unos cuantos papeles le está dando una información ante la que ella se muestra incrédula.

Ella: ¿Cómo que ya no va tan bien? Pero, ¿no dices que la residencia está casi a plena ocupación y seguimos teniendo setenta plazas concertadas?

Él: Es que muchas cosas han cambiado desde 2008.

Ella: Sí, ya me han dicho que lo de la crisis de que se hablaba acabó siendo verdad. Pero ahora dicen que ya ha acabado, ¿no? La residencia está casi llena... y, además, ¿no está lo de la Ley de Dependencia?

Él: Sí, está casi llena pero… A ver si lo sé explicar: Lo que nos paga la administración por atender a los mayores financiados se ha mantenido congelado durante casi todos estos años en que tú has estado ausente. Encima, hace un tiempo, empezaron a valorar a los residentes de forma más restrictiva con lo que, en la práctica nos pagan menos.

Ella: ¿La administración no ha subido el precio en diez años? ¡Eso es ridículo! ¿Y los privados?

Él: Por allí no se arregla la cosa. Hace unos años, algunos de los que pagaban como usuario privado pasaron a "plaza pública" con lo que tuvimos que bajarles la cuota. Después la competencia y la crisis nos obligaron a bajar el precio privado a los nuevos ingresos, ya que si no, no conseguíamos ocupar las plazas. Total, que hoy los privados nos pagan casi lo mismo que hace cinco años. Bueno, un poco menos ya que nosotros asumimos una de las dos subidas del IVA para que no hubiese una desbandada.

Ella: ¿Dos subidas del IVA?

Él: Sí. La primera del 7% al 8% en 2010 y después otra hasta el 10%.

Ella: Claro, con eso el precio les parece más caro a los clientes, aunque para nosotros el IVA es neutro porque lo repercutimos, ¿no?

Él: No, no fue así Es que tengo tantas cosas que contarte... Aunque a los clientes privados el IVA les supuso un incremento la primera vez, la segunda decidimos no aplicárselo del todo y asumir nosotros una parte. Era un momento duro de la crisis, lo último que queríamos era que se nos fuesen y costaba mucho ya que les tentaban desde la administración con micro-ayudas para que se les cuidase en casa. Si se nos hubiesen ido habríamos tenido que echar a personal, algo que no hemos hecho en todos estos años.

Ella: ¡Me parece que sigo soñando o teniendo una pesadilla! Me acuerdo perfectamente que los políticos decían que éramos un sector que iba a crear 300.000 puestos de trabajo. ¿No contratamos a varias auxiliares antes de mi desfallecimiento? ¿No me decías que teníamos que aprovechar unas bonificaciones en las cuotas de la seguridad social?

Él: Espera, no sigas. Las bonificaciones también las quitaron.

Ella: ¿Pero es posible?

Él: Sí, y eso fue como reducir un 2% nuestra facturación. Déjame que te explique varias cosas que han pasado:

El IPC desde 2008 a 2017 ha subido un 11%, eso quiere decir que nos han subido la comida, el alquiler, así como todos los suministros. Como lo que cobramos a los residentes y a la administración no ha subido en proporción, todo eso que hemos perdido. Nuestro problema, además, ha sido que la luz, el agua y el gas han subido por encima de la inflación. Imagínate, sólo lo que han incrementado los suministros en estos diez años supone como perder un 3,5% de nuestra facturación anual.

Por otro lado, como el convenio colectivo que aplicábamos hasta 2012 se pactó en época de vacas gordas, tuvimos que subir el salario a los empleados en un 8% durante tu ausencia. El nuevo convenio vinculó las subidas a que volviese a crecer la economía, algo que ha pasado a partir de hace dos años. Así, la subida total ha supuesto el equivalente al 5% de nuestra facturación. Y aun así sabemos que el salario que pagamos es muy bajo por lo que nos cuesta encontrar a empleados bien preparados. El pasado verano, por ejemplo, pasamos una semana con una única enfermera porque entre vacaciones, una baja y la imposibilidad de encontrar una, no hubo más que cruzar los dedos para que no viniese una inspección mientras la única enfermera hacía lo que podía.

Y aún hay más: la administración pasó unos años pagando los conciertos de forma errática. Nos vimos obligados a meter dinero de los socios, extender la póliza de crédito, contratar una línea de descuento, o sea, a pagar intereses y comisiones que antes no pagábamos. Los bancos se pusieron muy quisquillosos a la hora de prestar y nos exigieron garantías que hasta entonces no nos pedían. Total, que los gastos financieros...

Ella: ¿Y la Ley de Dependencia? Ya veo que no ha sido lo que nos vendieron.

Él: Al principio creíamos que sí, pero ahora me parece que ha hecho más mal que bien. La cuestión es que los políticos han visto que lo que prometía la Ley no se podía mantener y en vez de cambiarla han ido haciendo remiendos y tapujos. A todo esto, se ha generalizado la sensación de que existe un sistema al que se puede acudir cuando la verdad es que ese sistema no se ha creado. En la mesa de tu despacho te he dejado un ejemplar de “Cómo nos engañaron con la Ley de Dependencia”, cuando te encuentres mejor échale un vistazo.

Ella: Pero, recuerdo que en 2007 ya estaban entrando los grandes dependientes y parecía que cuando valorasen a los nuestros tendríamos mejores condiciones…

Él: (Rebusca entre sus papeles). Mira, aquí tengo la valoración que hacían de los mayores en 2008 y la que hacen ahora. En esta columna, lo que a ellos les sale, en ésta, la valoración que hacemos nosotros al ingreso. ¿Ves el cambio? Muchos de los que en 2008 se consideraban grandes dependientes, o sea los que cuesta más cuidar y vienen con un precio superior, ahora se valoran como de dependencia severa.

Ella: ¿Y eso qué nos supone?

Él: Pues que cuesta el mismo esfuerzo atenderlos, pero te pagan menos. Mira al pie de la columna. He hecho un cálculo y, si se valorase igual que entonces, estaríamos facturando un 3,4% más de lo que facturamos ahora.

Ella: ¿Hay más cosas que hayan cambiado a peor?

Él: Déjame ver... Sí. Dejamos de recibir una subvención que teníamos para formación, quitaron durante unos años la compatibilidad del servicio de centro de día.

Ella: ¿Y no habéis podido hacer nada para compensar todo esto mientras yo no estaba?

Él: Sí. Nos presentamos a una concertación de más plazas que hubo en 2009 pero como la zona en que estamos no era prioritaria... Ahora hemos estudiado presentarnos a un concurso para gestionar una residencia pública pero el precio máximo que puedes ofertar es el que pagaban hace cuatro años con lo que no nos hemos atrevido. También pensamos lanzarnos a construir otra residencia en otra zona pero las nuevas normativas y Código Técnico han encarecido mucho el coste por cada plaza, así que no nos atrevimos sin estar tú para ratificarlo.

Ella: (Con la mirada perdida en el techo del despacho). Pues vaya... O sea que, entre una cosa y otra, los resultados han empeorado en cuánto, ¿un 10 o 12%?

Él: No, la bajada es más grande ya que antes la residencia estaba casi siempre llena y ahora tenemos una media de cinco plazas libres. Eso supone otro 4% de merma.

Ella: Me dejas de piedra. ¿Y qué hacemos?

Él: Yo me alegro mucho de que hayas vuelto. Si lo quieres ver desde el lado positivo, ahora que la crisis va quedando atrás, podemos esperar que repunte el precio y que la administración sea algo más generosa. Aun así, el futuro más cercano es algo incierto y me gustaría que tú cogieses las riendas ya que hay que tomar decisiones.

Tenemos que renegociar la póliza de crédito y, a finales de enero toca pagar IVA y retenciones. La administración nos paga de forma mucho más regular ahora, aún así, necesitamos una buena póliza para superar el día a día.

Ella: Parece que me he despertado en otro mundo. Por lo menos sé que seguimos cuidando a personas mayores. Eso no ha cambiado, ¿no?

Él: Bueno… Eso también ha cambiado un poco. Desde que “te fuiste” se habla mucho de que hay que trabajar sin utilizar contenciones y aplicar una forma de atender que se llama “Atención Centrada en la Persona”. Resulta que analizando cómo estábamos cuidando han descubierto que no teníamos en cuenta las preferencias de los mayores y les imponíamos una forma de vida poco adecuada. Lo del “acepé” es muy bonito, pero va a requerir formar al personal y, sobre todo cambiar la forma en que trabajamos, incluso quizás alguna pequeña obra.

Ella se queda meditabunda. “¿Sigo en coma?” piensa mientras duda en si preguntar qué es esa pantalla sin teclado que mantiene su interlocutor en las manos y no deja de toquetear (el primer IPAD es de 2010).

Ella: ¿No hay nada bonito que me puedas decir?

El: Sí. ¿Te acuerdas de doña Erminia?

Ella: ¡Claro que sí! ¿Vive?

El: Sí. Mañana cumple cien años y le estamos organizando una fiesta. Es nuestra residente más antigua. Parece un milagro, pero mantiene la cabeza bastante clara y cuando ha sabido que habías vuelto se ha emocionado mucho y ha pedido que vayas a verla.

A ella se le forma una pequeña lágrima en la comisura interna del ojo que se desliza al apretar los párpados. Con gesto firme se acomoda en el sillón y mira fijamente a los ojos de su interlocutor.

Ella: Por un momento había olvidado por qué decidí dedicarme a esto. ¡Claro que voy a ver a doña Erminia! ¡Ahora mismo!. Acompáñame, por favor, y ve explicándome, ¿de verdad podremos cuidar sin contenciones?, parece interesante….

Nota: en 2013 escribí la primera versión de este texto cuando la propietaria de la residencia despertó del coma a los cinco años. Ahora me he permitido hacer una nueva versión a los diez.

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