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EL RINCÓN DEL DIRECTOR

Cuestión de intimidad y protección de datos

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Cuestión de intimidad y protección de datos

La residencia Las Marismas, de la que, por cierto, eres el director/a, lleva unas semanas trabajando en la adecuación de sus bases de datos al nuevo Reglamento General de Protección de Datos. Como parte del proceso se ha impartido un curso a todo el personal del centro insistiendo en la necesidad de adoptar medidas para la protección de los expedientes y las anotaciones que contienen. Sin quererlo, hemos detectado algunos incumplimientos que, si hubiesen trascendido, nos podrían haber comportado una sanción.

Ahora que las incidencias parece estar controladas, ha surgido un problema que nos hace pensar que una cosa es proteger los datos de las personas y otra proteger su intimidad.

Todo ha empezado cuando un residente del centro, don Carmelo, de 82 años, ha venido a vernos al despacho y nos ha dicho que quiere irse de la residencia llevándose con él a su mujer, doña Agnés, de 78, y afectada por la enfermedad de Alzheimer en fase muy avanzada. Cuando le hemos preguntado por qué quieren irse o si hay algo que le haga estar descontento en el centro nos ha dicho que prefiere no hablar del tema, se ha mostrado esquivo y antes de irse nos ha espetado “no es difícil hacer mucho daño a alguien sólo diciendo cosas”.

Don Carmelo y doña Agnés ocupan dos habitaciones individuales contiguas. Cuando llegaron al centro pidieron y accedimos a abrir una puerta entre ambas de forma que “su casa”, como ellos la llaman, es más parecida a un pequeño apartamento con las dos camas en un lado y una salita en el otro, que a una habitación de residencia. Don Carmelo siempre ha dicho que quiere lo mejor para su mujer por lo que paga por varios servicios complementarios. Siempre se ha mostrado muy amable y participativo, o sea, que la pareja son muy buenos clientes.

Decidimos investigar un poco lo que ha pasado y hablamos con varios miembros del equipo. Al final llegamos al fondo del asunto:

Una auxiliar entró hace unas semanas en la habitación y vio a don Carmelo masturbándose sentado en el sillón. A ella le pareció algo divertido y le hizo un comentario jocoso: “Siga, siga.. por mí no pare el concierto de zambomba”. Don Carmelo se quedó muy sorprendido y algo avergonzado.

La auxiliar en cuestión explicó lo sucedido a unas compañeras y al cabo de una semana corrían por el centro varias historias: las más fidedignas reproducían lo acontecido; otras decían que habían encontrado a don Carmelo mientras su mujer lo masturbaba; otras incluso que don Carmelo había pedido a una de las auxiliares que “se lo hiciese” ella.

Después las cosas se fueron de las manos. Don Carmelo empezó a notar las miradas y cuchicheos y decidió que, aunque tuviese que pagar más, prefería que le llevasen la comida a la habitación. Cuando la “noticia” alcanzó a los otros residentes y a algunos familiares fue cuando el infortunado protagonista había decidido poner tierra por medio.

Hemos hablado con la auxiliar y ella nos ha dicho que era la primera vez que se encontraba con una situación así y sólo lo había comentado con dos compañeras, también auxiliares. No había dicho nada fuera de la residencia. Ella no considera haber hecho nada malo. Se ha ofrecido para pedir perdón a don Carmelo.

La oferta ha sido rechazada.

“O sea, ¿vamos a perder a nuestro mejor cliente por esta tontería?”

La residencia solicita autorización previa, registra correctamente todos los datos, los incorpora en bases informáticas que cumplen toda la normativa y protocolos de seguridad; da acceso a los usuarios para que puedan conocer lo que la residencia maneja, pero parece que todo eso no es suficiente.

Cuando comentamos el tema a una enfermera que trabaja en el centro y está a punto de jubilarse nos comenta, “una cosa es protección de datos y otra la discreción”.

“Recuerdo cuando empezó lo del SIDA; no hacía falta que se filtrase ningún historial. Un pequeño comentario podía convertir a alguien en intocable”.

El dilema que se nos plantea es claro: podemos saber cómo mantenernos a salvo de una multa por violar los datos de un usuario, pero ¿cómo podemos convertirnos en una organización respetuosa de la intimidad de nuestros residentes? En otras palabras, ¿cómo podemos cultivar la virtud de la discreción en una organización tan compleja como una residencia de mayores?

Autor: Josep de Martí Vallés , jurista y gerontólogo. Director de Inforesidencias.com y Eai Consultoria.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    261 | Ana - 16/02/2018 @ 00:14:54 (GMT)
    Lo más grave de todo es cuando se filtran datos especialmente protegidos, como bien sabe la "experta": los datos de salud, sobre tratamientos, etc, sólo tienen que estar al alcance de las personas que estrictamente intervengan en el cuidado de su salud, profesionales sanitarios. Como familiar de residente me he encontrado precisamente con esa situación: por "chivatazo" de otro familiar supe de la difusión de los tratamietos de mi tutelado por parte de una auxiliar a otros familiares. INADMISIBLE. Por supuesto, reclamé.

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